optimismo

Éxito, optimismo y emociones.

Según Martin Seligman, psicólogo, director del departamento de Psicología de la Universidad de Pensilvania y escritor de varios best seller sobre psicología positiva, lo que conduce al éxito es la capacidad de combinar el talento razonable con la tenacidad ante los fracasos.

Mientras que los optimistas ven los contratiempos como oportunidades de aprendizaje y se sienten capaces de hacer los cambios necesarios, los pesimistas se culpabilizan y creen que no hay nada que puedan cambiar. Los primeros se reposicionan y se mantienen firmes en sus propósitos, mientras que los segundos se consideran incapaces de modificar la situación y se retiran.

Como señala mi amigo y admirado Pedro Tanarro en mi blog “Víctima o Protagonista”, no somos responsables de un determinado estado de ánimo, pero sí de permanecer en él. Es más, la forma en que interpretemos los aciertos y errores tendrá un gran impacto sobre nuestros resultados. Nos corresponde la libertad de elegir y errar, pero también la responsabilidad de asumir lo elegido.

Con todo esto, motiva saber que es posible aprender a actuar desde el optimismo, como gran motor de cambios positivos. Seligman afirma que existe la así llamada “autoeficacia”: la capacidad de hacer frente a los problemas que aparezcan a partir del dominio personal.

Albert Bandura, psicólogo de la Universidad de Stanford, afirma a su vez que “las creencias de las personas sobre sus propias habilidades tienen un profundo efecto sobre éstas. La habilidad no es un atributo fijo sino que, en este sentido, existe una extraordinaria variabilidad. Las personas que se sienten eficaces se recuperan prontamente de los fracasos y no se preocupan tanto por el hecho de que las cosas puedan salir mal sino que se aproximan a ellas buscando el modo de manejarlas”.

Desde la vertiente del coaching, se reaprende a adoptar una posición más “eficaz” en el sentido apuntado anteriormente a través de un proceso que consiste en tomar conciencia de las emociones, tomar perspectiva sobre las creencias que sustentan la negatividad dominante y re-encuadrar el enfoque para adoptar acciones positivas. No se trata de reprimir las emociones negativas sino, muy al contrario, darles su espacio, prestarles atención sin reaccionar y observarlas sin juicios.

Es un ejercicio que dignifica y humaniza, refuerza el carácter e integra a la persona desde la aceptación y el reconocimiento.

 


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